„Panno Aranda” – powiedział, zdejmując kapelusz – „proszę pozwolić, że odwiozę panią do domu”.
Mariana chciała odmówić, ale drżała.
Podczas podróży Alejandro nie okazał jej litości. Zaoferował jej prawdę.
„Jego ojciec nie był przestępcą” – powiedział. „Był uczciwym człowiekiem, który wplątał się w kiepski zakład i miał jeszcze gorszych wspólników”.
Mariana spojrzała na niego zaskoczona.
—Znałeś go?
—Wystarczająco dużo, by wiedzieć, że zasługiwał na coś lepszego niż szepty pozostawione nad jego grobem.
Mariana nie wiedziała wówczas, że Alejandro dyskretnie wykupił kilka długów swojego ojca, aby uchronić nazwisko Aranda przed zniszczeniem w sądzie.
Tydzień później, w bibliotece swojego domu przy Paseo de la Reforma, Alejandro poprosił ją o rękę.
Nie było muzyki. Nie było kwiatów. Tylko ogień w kominku, deszcz uderzający o szyby i poważny mężczyzna patrzący na nią, jakby jej odpowiedź mogła zmienić porządek świata.
„Nie jestem człowiekiem pięknych przemówień” – powiedział. „Ale jestem lojalny. Mam władzę, mam wrogów i mam pamięć. Jeśli zgodzisz się mnie poślubić, nikt już nigdy nie wykorzysta twojego nieszczęścia dla rozrywki”.
Mariana, zraniona, lecz nie pokonana, dostrzegła w Alejandro coś, czego nigdy nie widziała u Patricio: stanowczość pozbawioną próżności.
Zgodził się.
Pobrali się potajemnie w małej kaplicy w Puebla. Jedynymi świadkami byli starszy ksiądz i administrator Alejandro.
Sekret nie tkwił we wstydzie. Chodziło o ochronę.
Alejandro estaba a punto de viajar a Europa para cerrar una negociación financiera delicada con inversionistas franceses e ingleses. Si sus enemigos descubrían que se había casado con la hija arruinada de un comerciante muerto, usarían a Mariana como arma. La prensa la destrozaría antes de que él pudiera protegerla públicamente.
—Cuando vuelva —le prometió, besándole la frente antes de partir—, no volverás a esconderte. Te presentaré ante todos como mi esposa.
Mariana esperó.
Durante meses soportó las miradas de lástima, los comentarios venenosos, las invitaciones dadas por compromiso. Bajo sus guantes sencillos escondía un anillo de oro con el sello de los Santillán. Cada noche leía las cartas breves de Alejandro, enviadas desde París, Madrid o Londres. No eran cartas románticas al estilo de Patricio. Eran frases firmes, intensas, como él.
“Regresaré por ti.”
“Resiste.”
“Nadie te quitará tu lugar.”
Y entonces llegó la gala del Palacio de Iturbide.
Doña Amalia la obligó a asistir para cuidar a su prima Isabel, que estaba más interesada en coquetear con un joven militar que en comportarse con prudencia. Mariana había intentado quedarse en casa, pero su tía fue tajante.
—Por lo menos sirve para algo esta noche.
Así que Mariana fue.
Y allí, entre música de cuerdas, champaña francesa y abanicos de seda, Patricio decidió convertirla en espectáculo.
—Dime, Mariana —continuó él, acercándose un paso—, ¿es cierto que tu padre no te dejó ni para pagar una modista decente?
Renata soltó una carcajada.
Mariana levantó el rostro.
—Mi padre me dejó algo que usted nunca tuvo, Patricio.
Él arqueó una ceja.
—¿Y qué fue eso?
—Decencia.
Algunos invitados ahogaron una exclamación.
El rostro de Patricio se endureció.
—Cuidado. Una mujer sin fortuna no debería darse el lujo de insultar a quienes todavía pueden abrirle puertas.
Mariana iba a responder, pero entonces ocurrió algo extraño.
La música se detuvo.
No poco a poco. Se cortó de golpe.
Las conversaciones murieron una tras otra. Todos voltearon hacia la entrada principal del salón.
El mayordomo, pálido, golpeó el suelo con su bastón ceremonial.
—Don Alejandro Santillán.
Un murmullo recorrió la sala.
Alejandro casi nunca asistía a eventos sociales. Los hombres querían su dinero. Los políticos temían su influencia. Las mujeres hablaban de él en voz baja, como si fuera más leyenda que persona.
Entró vestido de negro, impecable, con el rostro cansado por el viaje y los ojos duros como obsidiana. El salón entero pareció hacerse más pequeño.
Patricio se enderezó de inmediato. Su expresión cruel se transformó en una sonrisa servil.
—Don Alejandro —dijo, adelantándose—. Qué honor tan inesperado. Permítame presentarle a mi esposa, Renata Escobedo de Valdés.
Alejandro pasó junto a él sin mirarlo.
Patricio quedó con la boca abierta.
El Lobo de Reforma cruzó el salón con paso lento, directo, inevitable.
Hacia Mariana.